Reflexiones sobre el collage

Mucho se puede comentar y debatir sobre el collage como corriente estética y/o técnica artística, como reflejo  crítico de la sociedad de consumo o como una joven disciplina del arte contemporáneo, pues apenas tiene 100 años de antigüedad...

El collage supone un dispositivo de transformación de los significados del arte y la cultura, a través de un provocador ejercicio que cuestiona los cánones sociales y culturales; y su carácter de fusión le convierte en una acción abstracta que solo puede abarcar una mente post-moderna.

Crear un collage es un proceso de conversión de muchas cosas en una sola. Es un juego de exploración plástica que implica tomar decisiones sobre lo que se incluye y lo que se excluye, en su composición siempre hay algún elemento que se puede poner o quitar, por voluntariosa inquietud. Esto confiere al collage un carácter de semi-arte, de incompleto, de estar siempre en continua transformación, pues la imagen final nunca ha llegado a ser, la esencia de cada unidad por separado es frágil y provisional.

El collage parece arbitrario pero en cambio es deliberado. Es una metáfora de la transformación universal en continuo movimiento. Es a la vez resultado de un impulso ciego y de un proceso dirigido. La transformación es dirigida por el deseo de cada entidad de ser ella misma amalgamándose en un paisaje más amplio, donde interactúan otros sujetos.

Así, el collage convierte la incertidumbre en método de creación. Siempre es insistente pero al mismo tiempo poroso. Nunca resistente ni sustancial. Adquiere la categoría de arte sólo cuando se mezclan en él signos simbólicos puramente artísticos con elementos mundanos, fragmentos de lo cotidiano, así como otros elementos mixtos o impuros de una naturaleza imitada y transgredida. Citando a Donald B. Kuspit podemos decir que “el collage supone un salto natural del material de la vida al material del arte”.

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